miércoles, marzo 16, 2011

Agonía



Volvía a casa en el coche, a toda velocidad, sin hacer ni puto caso a la nueva y absurda limitación a 110 km/h en autovías, y dispuesto a saltarme todos los semáforos posibles al entrar en la ciudad (afortunadamente, era de madrugada y no había apenas coches en carreteras y caminos). Mi trasgresión vial no tenía por objeto una rebeldía anónima contra las leyes de acoso y derribo al ciudadano. Ni siquiera el consumo de drogas o alcohol eran los causantes de mi imprudente temeridad. Tampoco llegaba tarde a una cita con alguna zorra despampanante… Simplemente, me estaba cagando. Hay veces que sientes la necesidad, pero puedes aguantar durante horas sin ir al baño. Otras veces, consigues rebajar la presión interna soltando un cuesco que te permite aliviar la necesidad… Pero otras veces, y ésta era una de ellas, aparecen los sudores fríos, una alarmante palidez de rostro, el malestar general y una presión horrible en el bajo vientre, acompañada de la certeza de que intentar expulsar algo de gas no haría si no adelantar el inminente desastre. Casi se me saltaban las lágrimas cuando vislumbré las luces de la ciudad, pero no hay que cantar victoria, aún no estoy a salvo.

Entré en la avenida de acceso a la ciudad como alma que lleva el diablo. Afortunadamente, no topé con ningún agente de policía y, apretando con fuerza mi esfínter para que nada saliese antes de tiempo, fui atravesando avenidas y calles, al doble de la velocidad permitida, dando unas curvas que ni Carlos Sainz antes de ser gafe. Mi apartamento está bastante cerca de los accesos a la ciudad, y aquella noche no debí tardar más de cinco minutos en llegar a mi calle, pero probablemente fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Notaba como la punta del iceberg empezaba a asomar, y el terror y la frustración se apoderaron de mí al constatar que, como viene siendo habitual en los últimos tiempos, no hay ni una sola plaza de aparcamiento libre.

Desesperado, angustiado, y ya sí, llorando abiertamente, callejeé como un loco en busca de cualquier aparcamiento que propiciase la salvación y redención de mi estómago pecador. Tras un par de vueltas desesperadas al barrio, en las que estuve apunto de atropellar a un grupo de adolescentes ebrias y ligeras de ropa, que cruzaban la calle sin mirar, una oportuna idea hizo acto de presencia en mi mente: “Hay un descampado no muy lejos de aquí, detrás de la Facultad de Medicina”. Excelente, allí podré dejar el coche tranquilamente, plegar mis ancas, y liberar todo el mal que llevo dentro. Y ya luego, aliviado y feliz, me encenderé un cigarro y buscaré donde aparcar cerca de casa. 

Al entrar en el oscuro descampado, el corazón se me iluminó. Era el sitio perfecto: un lugar aislado, amplio, oscuro en el que lo único que había era algunos coches estacionados. Paré el coche en una de las esquinas, y me bajé corriendo a sabiendas de que mi cuerpo ya no podría ofrecer mucho más que unos segundos de resistencia ante la inminente erupción. Más que quitarme el cinturón de seguridad, lo arranqué violentamente, y salí de un salto del coche, dejando la puerta abierta y retorciéndome de dolor mientras desabrochaba los botones del pantalón. Al fin, pude agacharme, y tras un agudo silbido gaseoso, se produjo la violenta explosión. Mi ojete era la boca de un salvaje volcán del que salían riadas de diarrea, acompañadas por numerosos fragmentos sólidos. A pesar de estar al aire libre, el olor era inaudito y lejos de disiparse, conforme más materia salía de mi cuerpo, más intenso era. La peste era casi masticable, pero no era del todo desagradable. Cuando has comido curry, el olor a hez va acompañado de un intensísimo aroma de especias que, estoy seguro, causaría una gran admiración entre famosos jefes de cocina, como Arzac o Arguiñano.



Aliviado, satisfecho, y sintiendo ese típico bienestar de después de expulsar todo lo malo que llevas dentro, suspiré y me levanté para contemplar mi obra. Es increíble todo lo que ha salido. La mezcla de excrementos líquidos y sólidos sobre el albero del descampado me causó fascinación. A medio camino entre una obra conceptual de arte moderno digna de cualquiera de los museos más “in” del planeta, y un gráfico representativo de la situación socio-político-económica actual de los que ponen en los telediarios, aquella caótica mezcla me hizo reflexionar de lo muchísimo que gana una mierda expulsada en el suelo y no en el aburrido y monótono retrete. Me sentía tan relajado como tras el más intenso de los orgasmos, así que encendí un cigarro y, con los pantalones por las rodillas, empecé a buscar aquel paquetito de pañuelos de papel que eché por la tarde en el bolsillo de la camisa antes de salir de casa. En la camisa no estaba, ni en los bolsillos de los pantalones tampoco. No te preocupes, estará en el chaquetón… Pero tras revisar varias veces el chaquetón, recordé que se los ofrecí gentilmente a aquella señorita del restaurante cuyas mucosidades asomaban por sus orificios nasales amenazando con practicar el salto del ángel en su sopa.

Con los pantalones y los calzoncillos bajados, rebusqué por todo el coche con mucho cuidado de que mis nalgas (las sentía tremendamente sucias, como si me hubiese sentado desnudo en un charco de barro) no tocasen la tapicería. Tenía que tener algo con lo que limpiarme en alguna parte, siempre llevo servilletas y pañuelos en el coche por lo que pueda pasar… Nada, no había nada. Salí del coche, aún con el culo al aire y los huevos colgando, y me encendí otro cigarro mirando a la luna. ¿Qué opciones tengo? ¿Limpiarme con los calzoncillos y dejarlos allí? ¿Limpiarme con el chaleco reflectante del coche? ¿Rebuscar en el descampado algún tipo de papel? Fuese como fuese, algo tengo que hacer. Es peligroso entrar con ese tipo de olores en un coche, porque estos tienen la virtud de atrapar el olor y es muy difícil deshacerse de él una vez que se ha instalado ahí dentro.

En mitad de aquellas reflexiones, un reflejo de luz en una de las ventanas de la Facultad de Medicina hizo centrar mi atención en ese edificio. Tenía una valla bastante bajita y sin pinchos en su parte superior, un pequeño jardín, y un montón de grandes ventanas a escasamente un metro del suelo. Una de las ventanas estaba entreabierta, es la salvación. Entrar rápidamente, buscar un servicio o algo con lo que limpiarse, salir en unos minutos, y por fin, a casa a descansar.

La parte difícil fue saltar la valla. A pesar de que, como dije antes, no era alta, no es nada fácil hacerlo con los pantalones en los tobillos, y justo al pasar las piernas por encima, a punto estuve de pegar una hostia importante. Por fortuna, una agilidad inédita en mí me permitió rehacerme y caer de pié en el césped. Una vez allí, llegar a la ventana y penetrar en el edificio fue muy fácil. Dentro, la oscuridad era casi total, no me podía permitir encender luces (estaba allanando un edificio público para limpiarme el culo) y mi triste mechero sin gas apenas me permitía ver algo. Tropecé con mesas y sillas, dejando caer al suelo todo tipo de objetos, así que comencé a descartar la idea de buscar un servicio, y empecé a buscar cualquier tipo de papel que por lo menos me dejase el ojete lo suficientemente limpio para montarme en el coche y volver a casa tranquilo.

De pronto, en esos pensamientos se infiltraron otros sonidos, como de pasos, y pronto fui consciente de que esos pasos venían de dentro del edificio. Joder, ¿ha venido la policía? ¿Será un vigilante de seguridad? ¿Se creerán mis explicaciones? Por desgracia, entre los pasos, pude llegar a oír la frase: “He escuchado un ruido, ¿será la policía?”, seguido por un: “Si fuese la policía no estarían deambulando a oscuras por el edificio, y habrían venido directamente a por nosotros… Por allí veo un reflejo, ¡vamos!”. Apagué el mechero inmediatamente, pero los pasos y las luces de un par de linternas venían directamente hacia mí. ¿Qué desgracia me esperaba ahora?

Los dos tipos, que me iluminaban con sus linternas, fueron cambiando sus caras de estupor por unas aterradoras sonrisas. Se miraron entre ellos y asintieron. El silencio duró unos segundos más, que a mí me parecieron horas, hasta que uno de ellos le dijo al otro: “Estamos de suerte, no necesitamos seguir buscando como locos en este laberinto de pasillos el depósito de cadáveres de las prácticas, salgamos de aquí cuanto antes”. Fui atando cabos, y el terror se apoderó de mi cuerpo. Me había cruzado con dos tipos armados en busca de un cadáver para Dios sabe qué. Mi vida llegaría a su fin, consecuencia de un apretón inoportuno y de la imposibilidad de aparcar en las ciudades modernas. Es tan ridículo y aterrador verme así…

El más alto de los asaltantes, con un marcado acento de Europa del Este, me sonrió, me guiño un ojo y me dijo: “¿Un último deseo antes de empezar tu último viaje?”. Hundido, humillado y desesperado, sólo fui capaz de pensar en una cosa: “¿Puedo limpiarme el culo y subirme los pantalones?”

martes, marzo 01, 2011

Violencia Sacra



El Padre Mariano contemplaba el cuerpo sin vida de Juan Pablo, propietario del estanco del pueblo, sin poder creer lo que estaban viendo sus ojos. Desde que eran jóvenes, el párroco del pueblo y el estanquero huían de la monotonía del pueblo y, algún que otro viernes noche, se corrían juergas antológicas en cualquier punto discreto de la geografía regional. Aún hoy día, que estaban hechos un par de abueletes, y la moderna era tecnológica-globalizada convertía en una tarea casi imposible hacer alguna escapada pasando desapercibido, seguían encontrando recónditos bares y puticlubs en los que, como en sus tiempos mozos, pasar noches con excesos sexuales y etílicos.

Aquel frío día de febrero, habían ido a tomar café a la capital… café seguido de varios gin-tonics como calentamiento previo, antes de volver al coche y decidir destino (basando siempre la decisión en las chicas más apetecibles para cada día). Como aquel día sentían especial necesidad de chicas del este de Europa, fueron al Club Moscova, oculto en una oscura curva de una de las más estrechas carreteras nacionales que el cura habiese visto nunca. La noche fue como tantas otras, mucho alcohol, las tapitas cutres de casi todos los putis (pinchos de tortilla, chorizo, morcilla… ¿qué clase de hijo de puta iniciaría el complot de poner este tipo de comida tan nociva para el aliento en lugares donde ese aliento irá a parar a la cara de las pobres chicas?) y un polvete con una chica ¿rusa? de la que apenas recordaba nada. De vuelta al pueblo, pararon en la capital para conseguir algo de cocaína a buen precio, y fueron a rematar la noche a la sacristía de la Iglesia. Allí empezó todo a torcerse. Por primera vez en treinta años de amistad y borracheras, el exceso de alcohol con la inestimable ayuda de la farlopa, convirtió una absurda discusión sobre dónde cocinaban mejor los pajaritos fritos, en una acalorada discusión, en la que Mariano, empujando a Juan Pablo “fuera de su Iglesia” como él mismo gritaba, hacía a este desequilibrarse en los escalones del altar, con la mala suerte (castigo divino) de una fuerte caída en una muy mala postura. Cuello roto, amigo muerto. ¿Y ahora qué?

Y ahora qué, el cerebro del cura iba a toda velocidad, consecuencia de la cocaína, pero las ideas era absurdas, consecuencia del alcohol.

- Si llamo a la policía, verán mi estado, me harán análisis, saldrá a la luz la cocaína…y quien sabe si lo de las putas… ¿Quién va a considerarme inocente? Y eso si tengo suerte y no me pillan antes los vecinos y me cuelgan en la Plaza Mayor. Y si no llamo, ¿qué? No puedo dejar un cadáver en frente del altar…

Tenía que ponerse rápidamente en acción. Todo el pueblo sabía de la vida disoluta del estanquero. Si desaparecía de la faz de la tierra, todo el mundo pensará que se habrá fugado con alguna jovencita, por lo que lo que más urgencia corría era quitar el cuerpo de en medio, antes de que amaneciese. Mariano agarró por los pies el cadáver de su amigo y lo arrastró hasta la casa parroquial. Una vez dentro, en la cocina, pensó que lo más fácil sería trocear el cuerpo y sacarlo en un par de maletas, las cuales depositaría en alguna de las grutas de la sierra, por aquellos montes en los que solía jugar de chico, antes de que sus padres muriesen y su acercamiento al seminario se presentase como la única opción de futuro viable.

La tarea de cortar/despedazar/desmembrar se le antojaba muy sencilla, lo había visto cientos de veces en la tele y en el cine. Lo primero, periódicos en el suelo para no manchar mucho de sangre, e ir desmembrando, sin prisa y sin pausa. A continuación, tendría que ir cortando, con algún hacha o similar… Lo más parecido que encontró fue un cuchillo largo y ancho de dientes de sierra que solía usar para cortar el pan, seguro que hace el apaño.

Mariano empezó a cortar por la cabeza, le incomodaba ver el rostro de su amigo, y además, consideró que sería lo más fácil de cortar. Una media hora después consiguió romper el último hilillo que unía la cabeza al cuerpo, pero toda la jodida cocina estaba llena de sangre. Concentrado en cortar piel, tráquea y demás "aparamenta" que emitía todo tipo de soniquetes al ir separando piezas que dejaban escapar gases y fluídos del interior, no fue consciente del estropicio hasta poder separar la jeta del cuello, pero ahora empezaba a preocuparle cómo limpiar sin dejar rastro aquella carnicería. Otra hora después, seguía intentándolo con uno de los brazos… no había modo, y por más fuerza que empleaba, no hacía gran mella en el hueso. Cuando los primeros rayos de sol entraban por la ventana, la hoja del cuchillo se rompió por la mitad, y el sacerdote perdió los nervios comenzando a patear el cuerpo, preso de la histeria. Para colmo, una voz llegaba hasta él, procedente de la Iglesia.

-         ¿Padre Mariano? –Joder, es Tránsito, la pesada anciana, líder de las beatillas chupacirios del pueblo, raro era el día que no pasaba por allí a las horas más insospechadas para comentar con el párroco alguna de sus dudas espirituales.
-         Doña Tránsito, ahora no puedo atenderla, ¿por qué no nos vemos esta tarde?
-         Padre, por favor, estoy en un gran dilema existencial, creo que quiero más a mis perros que a mis nietos y eso no es desde luego ni cristiano ni moral ni ético ni nada, necesito hablar con usted…

Las voces eran cada vez más cercanas, por lo que Mariano no se lo pensó dos veces y corrió hacia la cocina, la vieja no podía ver el cadáver bajo ningún concepto… Lo que no calibró el buen Mariano fue el impacto que recibió la feligresa al ver a su cura, vestido de paisano, cubierto de sangre y con el mango de un cuchillo roto en la mano. Más que el Mariano de siempre, el simpático cura, regordete y con cara de bonachón, parecía un engendro recién salido de los infiernos. El corazón de la vieja, que sobrevivió a la Guerra Civil, a la dictadura, a la corrupta clase política de la "democracia" y a la viudedad, no pudo soportar la aterradora imagen, y Tránsito cayó redonda al suelo.

-         ¡Puta vieja! ¡Jodida puta vieja! ¿Qué cojones hago yo con otro cuerpo en la iglesia? Y cada vez queda menos tiempo para la primera misa de la mañana… joder.

No hay tiempo, había que sacar los cuerpos de allí lo antes posible, y por la noche habrá tiempo de limpiar toda la sangre y rezar para que nadie encuentre jamás los cuerpos. Salió a grandes zancadas de la iglesia, mirando primero a un lado y otro para no ser visto con ese aspecto, lo cual sin duda originaría una rápida presencia de la Guardia Civil, y acercó el coche a la puerta trasera de la casa parroquial. Sacar los cuerpos y meterlos en el maletero no fue tan difícil, el miedo dotó a Mariano de una fuerza superior a la que él mismo pensaba que tenía, y pudo arrastrar hasta la calle los pesos muertos con bastante rapidez. Sin embargo, para cerrar la puerta del maletero, tuvo que buscar un martillo y romper varios huesos para poder plegar los cuerpos formando así un curioso tetris humano en la parte trasera de su viejo Renault.

No podía ponerse a conducir cubierto de sangre, así que tomó una ducha y se puso sus hábitos. Nadie pararía en un control de carretera a un buen cura, hay que aprovechar todas las circunstancias favorables en tal disparatada situación. Mariano se ajustó el volante, giró la llave en el contacto, y salió a bastante más velocidad de la permitida del pueblo. La idea, llegar a aquel viejo camino sin asfaltar que profundizaba en las montañas, y arrastrar los cuerpos hasta alguna de las grutas. Los animales de la sierra harían su trabajo antes de que la policía encontrase los cadáveres, en lo cual tardarían probablemente meses, si no años. Y si no estaba de vuelta a tiempo para la primera misa del día, siempre podría inventar algún sobrinito o primo lejano enfermo. Todo va a salir bien, todo va a salir bien, todo va a salir bien…

Y en ese pensamiento en bucle, la mala suerte volvió a presentarse, en otra macabra broma de aquel dantesco día. Control antidrogas de la Guardia Civil en mitad de la carretera, con varios agentes y perros, los cuales sin ninguna duda se volverán locos con la mezcla de olores a sangre y restos de cocaína (sí, habían estado esnifando en el salpicadero de camino al pueblo). El agente al mando era otro viejo conocido, Fernando, hijo y nieto de guardias civiles. Un cabroncete como cualquier agente de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pero se conocían de muchos años atrás, y el picoleto siempre había tratado con respeto y educación al clero. Mariano intentaba mostrar su mejor cara, convencido de que Fernando le dejaría ir rápidamente, sin husmear lo más mínimo.

- ¡Buenas tardes Padre! ¿A dónde se dirige tan temprano? ¿No da usted hoy la misa de las nueve?
- Verás Fernando, me acaban de llamar, mi primo Eugenio está realmente enfermo y…

En ese momento, el perro cuya correa sostenía Fernando se volvió completamente loco, y el resto de canes en seguida se acercaron, rodeando el coche ladrando sin parar y mostrando sus amenazantes colmillos. La cara de los guardias cambió la amable sonrisa por un gesto mezcla de sorpresa e indecisión, y el psico-cura no dudó un instante; pisó al fondo el acelerador y atravesó el control, golpeando una de las furgonetas del control, y reventando las ruedas en la alfombra de pinchos típica de este tipo de dispositivos policiales. Mariano pudo controlar el coche un par de curvas más, pero a la tercera, el viejo Renault salió despedido por un pequeño precipicio, estrellándose contra un colosal roble. En el golpe, el maletero se abrió, saliendo disparados los dos cuerpos, así como la cabeza del primero de ellos, que describió en el cielo una bonita parábola para posarse suavemente en una de las ramas más altas de un pino. Por el parabrisas frontal, salía despedido Mariano, mientras por su cabeza resonaba aquella cancioncilla de “ponte el cinturón, ponte el cinturón, tu seguridad es muy importante”.

Mariano estaba tendido boca arriba, con los brazos en cruz, rodeado de árboles altos, que sólo dejaban pasar un rayo de luz directo a los ojos del párroco, quien en su delirio, creía estar viendo al mismísimo Dios dándole la bienvenida al reino de los cielos. No sentía nada de cintura para abajo, sabía que algo le estaba perforando el pecho, pero prefería no saber el qué, y sólo podía ver esa luz cegadora, puerta hacia la vida eterna. Con una sonrisa en la boca, se alegraba de cómo había terminado todo. Todo el mundo le consideraría un asesino, y la leyenda del cura psico-killer circularía durante décadas por todos los pueblos de la España profunda. Sin embargo, no tendría que pagar en vida por sus pecados, y ninguno de ellos había sido premeditado, ni nunca había pretendido hacer daño a nadie. La luz lo dejaba bien claro, Mariano tenía billete de primera clase hacia el ñoño paraíso cristiano… Sólo se arrepentía en ese momento de no haber sido moro, un paraíso con siete vírgenes esperando sería mucho mejor…

miércoles, enero 12, 2011

Soñando con el presente


Seis y media de la mañana. La radio de la mesita de noche que actúa como despertador empieza a sonar con las primeras noticias del día, y Ramón Arteaga abre los ojos mientras gime perezoso. Siempre es una putada ser despertado por un jodido cacharro programado para putearte en el mejor momento de tus sueños pero...¡hoy es viernes! Ramón tenía toda la tarde para escuchar música tendido en el sofá, dedicándose simplemente a hacer el vago durante horas y recuperarse así de la semana laboral. Y después de cenar y pegarse una ducha, saldría por ahí con los amigos de toda la vida. Si de algo se sentía orgulloso a sus treinta y dos años era de conservar a los colegas de siempre y seguir pasando buenos momentos con ellos con cierta frecuencia. La inmensa mayoría de la gente se vuelve imbécil con la edad, y Ramón sentía que en muchos aspectos se había traicionado a sí mismo, pero cuando estaba con los muchachos, había una química especial en el ambiente que hacía que todo fuese como siempre. Por mucho que cambiasen las cosas, por muchas desgracias que pudiesen acontecer, ese “algo” siempre estaba ahí. Y ahí pensaba pasar la noche.

Salió con fuerzas renovadas de la cama, una ducha, un desayuno rápido, y a la jodida oficina de la puta multinacional de la que aberraba en su adolescencia. Hoy había una sonrisa en el rostro de Ramón, y pensaba cepillarla antes de salir a la calle. Mal peinado, como siempre, pero bien vestido, qué remedio, llegó cinco minutos antes de la hora a la oficina y miró el correo personal antes de que llegase el jefe. Dieron las ocho, llegó el jefe y fueron llegando los compañeros (alguno que otro con esa típica cara del que ha salido el jueves). Los viernes sólo tenía que currar siete horas, hasta las tres, y solían ser tranquilos, pero no fue el caso. Tenía mil informes que terminar, el teléfono no paró de sonar, el jefe tenía el día tonto... Eso sí, a las once Ramón disfrutó de su placer de quince minutos de cada día: su café con su cigarrito, leyendo el periódico, en el bar de la esquina. Ese breve espacio de tiempo, a veces sólo, a veces en compañía, es la mejor manera de recargar las pilas en los días más jodidos, además de un breve placer para los cinco sentidos. A las tres en punto, hambriento y cansado, salió de la oficina, charlando con el jefe, que con el paso de las horas y la inminencia del fin de semana fue recobrando el buen humor, se montó en el coche, y a casita.

Mientras aparcaba en frente del edificio de apartamentos donde vivía, una idea acupó su mente por completo: huevos fritos con patatas y chorizo. Con dos cojones, qué mejor comida para un viernes. Dicho y hecho, Ramón puso la freidora a todo trapo, y al poco tiempo estaba lleno, liando el porrito de los viernes después de comer. Relax escuchando música, una siesta, un rato vagueando en la cama escuchando más música... El teléfono suena, a las once y media en el bar de siempre, de puta madre, es el plan que más apetecía al señor Arteaga (como él mismo se llamaba con tono irónico algunas veces frente al espejo). Otra ducha, es un tío muy limpio. Más música, ve algún episodio de alguna serie descargada de internet, una cenita ligera... ¡Y para el bar!

La noche transcurría como otra cualquiera. El bar de siempre, los amigos de siempre, los conocidos de siempre, humo por todas partes, risas, cervezas, cigarros... A veces Ramón pensaba: “es curioso cómo los fines de semana en los que maltrato mi cuerpo como un animal, me encuentro infinitamente más saludable, fuerte y feliz que durante la semana en la que llevo una estricta vida de persona responsable”. Cuando la borrachera era considerable, Ramón decidió retirarse, eran cerca de las tres de la mañana y al día siguiente les esperaba una buena, harían botellón de cumpleaños-rememoración de viejos tiempos con otros colegas que llevaba tiempo sin ver, por lo que no quería acostarse demasiado perjudicado. De vuelta a casa saludó a algunos rostros conocidos, y se cruzó con cientos de jovenzuelos que lo pasaban bien y cuando estaba cruzando la esquina de su calle, apareció una inesperada silueta frente a él.
    - ¡Joder! ¿Marcos? ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡La hostia! ¿Qué es de tu vida?
    - ¡Hostiaputa Arteaga! No nos vemos desde hace al menos cuatro años, desde que me fui a vivir a Francia he vuelto poco por aquí, la verdad.
    - ¡Qué cabrón! El único que toda la puta vida me ha llamado Arteaga...
Y así continuó la típica conversación de reencuentro, que no podía limitarse a cinco minutos, así que fueron al veinticuatro horas más cercano y compraron un par de litros de cerveza, y a disfrutar el excelente clima de Andalucía que permite beberse unos litros y fumarse unos canutos de hierba cerca de las cuatro de la mañana en un parque precioso. Se pusieron al día, recordaron viejos tiempos, recordaron anécdotas, fumaron, bebieron, rieron...

Se apagaron las risas. Ramón abrió los ojos, sin ruidos, de forma natural, llevaba cerca de dos años sin usar el despertador salvo para alguna cita médica o algún compromiso absurdo. Empezaba otro día de mierda. Otro día a buscar curro en periódicos, internet, en la calle... De lo que sea. No hay modo, uno de cada cuatro parados europeos es de nuestro maravilloso imperio español. Tras cerca de una hora maldiciendo al mundo, salió de la cama, se duchó, se tomó un café medio frío, y salió a la calle para ir a casa de sus padres a usar internet, hace meses que tuvo que dar de baja el ADSL porque no podía afrontar el pago. Podría ir a una cafetería con wifi, pero desde que salió aquella estúpida ley anti-tabaco no le gustaba tomarse café en bares, a solas, aunque estuviese con el ordenador. Además, el grado de frustración era cada día mayor, necesitaba tabaco para no pegarse un tiro mientras un día tras otro veía que no hay nada de nada en lo que echar el currículo. Por otra parte, debería ir acostumbrándose. El paro se había terminado y en un par de meses no le quedaría más remedio que, a sus treinta y dos años, volver al piso de los padres. Es una auténtica pesadilla, y de lo único que se sentía orgulloso era de conservar a los colegas de toda la vida. La lástima es que casi ninguno curraba, y las cosas cada vez estaban más caras, por lo que no se veían tanto como cuando eran jóvenes despreocupados, o no hace tantos años cuando la situación en el país era medianamente normal. El ocio saludable es en su inmensa mayoría un artículo de lujo. Y cada dos por tres el gobierno sube el impuesto del ocio-vicio legal, mientras va ilegalizando los vicios más asequibles. Quizá vayan al bar un rato, hoy que es viernes, el bar de siempre, a tomar una triste cerveza, sin poder fumarse ni siquiera un cigarro, mientras escuchan al dueño lamentarse de que cada vez le cuesta más mantener el negocio. Ni siquiera pueden charlar un rato en el banco de algún parque a beberse una cerveza barata de supermercado y fumarse algo antes de despedirse. ¿Qué será lo próximo? Quizá aprueben una nueva ley en la que se condene con la amputación de manos (o genital, averigua) al que se descargue cualquier cosa de internet. Ramón llegó a una conclusión: mejor no pensarlo más y dormir. Dormir para soñar con la vida que podría llevar, imperfecta pero con sus momentos de bienestar, si no fuera por la incompetencia/indecencia de gobernantes y opositores y la jodida corrección político-social-linguística que nos va a convertir a todos en memos esclavos de los Estados Unidos de Europa (y encima agradecidos de serlo).

lunes, noviembre 01, 2010

EL PUEBLO DE LOS GARRULOS POST-MODERNOS


Detesto este lugar de veraneo, y a la fauna que atesta sus calles, especialmente de noche. Y no es sólo por los turistas que van (vamos) en período estival, no. Los autóctonos son mucho peores. Son simples cotillas y catetos de pueblo que, como de adolescentes han pasado veranos con guiris que les traían discos de moda, han crecido sintiéndose muy guays y muy cools, especialmente los que han pasado temporadas por ahí fuera, que son como los “cosmopolitas del pueblo”. Es realmente patético, visto desde fuera. Afortunadamente, mañana después de comer meteré mis maletas en el maletero y no volveré a pisar este apestoso y contaminado lugar. Creo que debe haber algo en el aire, o en el agua, es la explicación para que la gente sea especialmente imbécil por aquí... Además, parece ser que los que vienen de fuera, cuando pasan más tiempo de la cuenta en este lugar, empiezan a involucionar radicalmente... Sí, eso reafirma mi teoría, debe haber algo en el agua, y cuando nos bañamos en verano, nos afecta, y los que viven aquí se bañan mucho más, por eso son así...
  • Otra cerveza, por favor. - detesto al camarero, no porque sea extranjero, en absoluto, varias de mis personas más queridas son de muy lejos, pero joder podría molestarse al menos en aprender palabras básicas para desempeñar su profesión en un país hispano parlante: cerveza, vaso, hielo, perdona, gracias... En realidad, odio el puto garito al completo, y a toda la gente que hay en él, pero es lo único que he encontrado abierto a estas horas.
  • EEEEEEEEer, aaar, Beer? Ok.
Cretino, encima ha tardado un siglo en traérmela, y no está demasiado fría. Este menda se entretiene más en bailotear con paletas que pierden el culo por que les invite a chupitos un camarero que parlotea inglés (porque tampoco es su idioma, averigua de qué agujero de las antiguos territorios soviéticos es el menda), que en atender la barra. Si no quisiese beberme otra luego, le partiría el botellín en la puta cabeza. Quizá lo haga cuando me beba la última.

Me bebí la cerveza, en la barra, mirando con cara de malote al camarero. Me pedí la otra, su ineficacia al atenderme fue similar a la ocasión anterior, y me retiré a un sofá que se había quedado libre a bebérmela tranquilamente mientras observaba la fauna. Gente borracha que baila al ritmo de música lamentable, con alguno que otro que acude a menudo al servicio a empolvarse la nariz. Lo normal de cualquier garito, pero aquí hay un tufillo a gafapastismo cutre vomitivo. Los chicos casual y las chicas con sus vestiditos retro-cools, todos con sus flequillos y sus gafas de pasta reglamentarias, que no son conscientes de lo poco coordinados que resultan sus ebrios movimientos en esa especie de bailes con los que intentan demostrar que están todos en celo.

Me terminé la cerveza (one more time) y decidí que ya era suficiente. Llevaba toda la noche bebiendo, en varios sitios detestables, y estoy apunto de amanecer en el peor de todos. Paso. Así que me levanté, me acerqué a la barra, y al grito de “hijo de putaaaa” intenté agredir al camarero con el botellín vacío de Heineken. Por desgracia, mi borrachera estaba a un nivel superior a la suya, y si unimos eso al hecho de que el tipo va evidentemente enfarlopado, y tiene pinta de ir al gimnasio o practicar algún deporte a menudo, el resultado es obvio: interceptó ágilmente mi ataque, saltó por encima de la barra, me pateó en el estómago y me arrojó a una esquina llena de mierda y cristales rotos, junto al habitáculo del pésimo dj, para mi mayor humillación.

El mamón volvió a la barra, para seguir cortejando a un grupo de lerdas y presumir de paso de la paliza que me había propinado. Yo me quedé allí tirado, en aquel oscuro rincón, pensando en salir de allí de la manera más digna posible... En ese instante, las puertas del antro se abrieron violentamente, y entró un tipo alto, muy delgado, encapuchado, y no sabría daros más detalles de él, pues yo sólo veía a través de los huecos que había entre la cabina del dj y la barra, y claro, mi vista estaba fijada en la Smith&Wesson que portaba el recién llegado. Es curioso, no tengo ni puta idea de armas, pero tenía una réplica de juguete en mi adolescencia del mismo modelo, con la que me hice cientos de fotos en plan tipo duro, por lo que la reconocí al instante, con su brillante cañón y su elegante empuñadura. Fue directo a la barra y disparó a bocajarro al imbécil del camarero, que parecía ser su principal objetivo, pero este hombre estaba decidido a gastar allí todas sus balas, y llevaba muchas. El Dj se llevó acto seguido su ración de plomo, y de ahí, el objetivo pasó a ser la masa horrorizada. Desde mi privilegiada posición pude ver cómo decenas de balas alcanzaban a modernos con una aterradora banda sonora de gritos y disparos. El premio a la mejor escena fue sin duda al balazo en el ojo que recibió a través del cristal de sus gafas modernas una chica de atractivas piernas, de vestido corto y escote generoso, que cubrió con sus sesos el rostro de una de sus amigas. Los cadáveres se amontonan en el suelo, y hay sangre y restos de cráneos y sesos por todas partes. El cabrón tiene buena puntería, acierta a casi todos en la cabeza, espero que no le queden muchos cargadores, porque cada vez queda menos gente y puede verme en cualquier momento. Yo lo único que puedo hacer es cerrar los ojos, permanecer inerte y hacerme el muerto junto al cadáver del dj, que ahora que lo veo ahí tirado, tengo que decir que era sorprendentemente bajito, ¿habría comprado su ropa en la sección infantil del Zara? ¿Por qué pienso en eso ahora cuando en breves instantes me va a coser a tiros un demente y perderé la vida junto a la fauna urbana que más detesto?

Unas sirenas y unas luces, que hasta ahora siempre habían sido sinónimo de problemas, me hacían recobrar la esperanza de salir de allí. Abrí temeroso el ojo derecho, y pude ver al encapuchado salir corriendo a la calle volviendo a cargar la pistola. Tiros. Silencio. Deben haberlo matado. Miro a mi alrededor...algún superviviente en estado de shock, heridos retorciéndose de dolor y muchos cadáveres. No se cuanto habrá durado esto, a mí se me ha hecho eterno desde luego, pero no debe haber sido más de unos pocos minutos. Al cabrón le ha cundido, qué matanza. Es extraño, el caso es que lo único que siento ahora mismo es completa indiferencia, y no creo que eso sea bueno. Definitivamente, no pienso volver a pisar este pueblo.

martes, octubre 05, 2010

Lo que un caballero necesita



La zorra trotaba sobre mí. Sus curvas, sus gemidos, su piel canela, sus movimientos cada vez más rápidos y, sobre todo, su acento, me llevaron a uno de los orgasmos más salvajes jamás recordados. Se me estremece la piel, se contraen los músculos y un abundante chorro de esperma de mala calidad (ya sabes, drogas, alcohol, dieta rica en grasas...) es depositado en una bolsita de látex, para acabar en algún contenedor de basura algo más tarde. Qué mejor destino para mi infame material genético.

Es la primera vez que pago por follar. Por una parte, creo que ha sido una experiencia bastante grata. Por otra parte, creo que esto se debe a que he dado con una excelente profesional. A priori pensé que hacérmelo con una puta sería frío e incluso desagradable, pero la mulata ha cumplido de sobra todas las expectativas que se pueden tener de la estancia durante una hora junto a cualquier mujer: ha sido cariñosa y educada (tanto en la previa como en el cigarrillo post-coital), y a la hora de la verdad me ha hecho correrme como nadie. Todo ello sin tener que mostrar falso interés en la personalidad de alguien, a quien en el fondo detestas y únicamente deseas quitarle las bragas rápido y desaparecer una vez concluida la faena. Y por supuesto, es mucho más barato y tranquilo que una pareja estable. Me he pasado demasiado tiempo inmerso en un puto matrimonio estándar y ahora, que he sido bendecido con el abandono, recupero la libertad y me niego a perder más tiempo. Joder, cada vez que pienso en todo ese tiempo perdido viendo películas infumables, escuchando música moña y tediosa, dando aburridos paseos o comiendo en el restaurante de turno que eligiese "la señora", soy consciente de cómo he desperdiciado los mejores años de mi vida con aquella bruja. Nada que no cure un poco de alcohol. La noche es joven y mi amigo José me espera en el antro donde habitualmente jugamos al billar.

Llegué al lugar, me sentí enfermo al ver a los modernos y modernas de turno, que bailaban y tomaban copas, así que les dediqué una mirada de ira asesina y me dirigí hacia la zona del fondo, donde estaban las mesas, aprovechando para golpear con el hombro a dos o tres memos. Allí me esperaba mi colega, nos saludamos y me dijo que fuese preparando la mesa mientras él iba a la barra a pedir. Whisky, billar, chupito de tequila, porro, billar, whisky, cocaína, billar... La noche, pues, transcurría plácidamente. Estábamos terminando la tercera partida, planeando ir al servicio a empolvarnos la nariz antes de jugar la siguiente. En esta ocasión tenía todas las de perder, me quedan aún cuatro bolas (juego con lisas) y a José sólo la catorce y la negra. Es mejor que yo, siempre lo ha sido, pero también es más vicioso, por lo que su estado físico-mental hace que las partidas estén igualadas. Era su turno y la jugada es fácil: tiene la blanca bien colocada, así que meterá primero la catorce, luego la negra, y me tocará a mí pagar la próxima ronda. Además, se pondrá 2-1 en el global de la noche, y quien pierde el global se encarga de pillar la farlopa para el próximo día. José se agacha, apunta, inicia el movimiento de manos para transmitir a la bola por medio del taco la fuerza y dirección precisas...y las bolas que golpea son las de un muchacho que pasaba por detrás. Falló, metió la negra directamente, y aquel pub cool se convirtió en un saloon del viejo y lejano Oeste.

Os imaginaréis que pasó, José culpó al joven de su derrota y le rompió el taco en la espalda sin dejar tiempo para pedir disculpas. Lógicamente, los amigos del chico acudieron en su defensa y, aunque eran unos mierdas y ninguno de ellos aparentaba llegar ni siquiera a los veinticinco años, eran seis y nosotros dos, así que la pelea estuvo equilibrada. Hubo un poco de todo, con momentos estelares dignos de Hulk Hogan, André el Gigante o El Último Guerrero. Puñetazos, patadas, rodillazos, rotura de botellas en cabezas ajenas, rotura de los tacos de billar que quedaban sanos, rotura de sillas, mesas y cuadros...

En comisaría nos repartieron en dos celdas, cuatro y cuatro, y pasamos un buen rato charlando amigablemente. Fue sólo violencia, no hay que tener rencor. Y eso me hace reflexionar sobre que un acto de violencia injustificada, es mucho más disculpable, respetable y justificado que cualquier relación humana en la que el sexo tenga el más mínimo protagonismo, directa o indirectamente. Nada de eso importa, supongo que al amanecer (no debe quedar más de hora, hora y media) nos dejarán irnos. Estamos hablando de ir los ocho a desayunar a un bar cercano de la comisaría, han resultado ser chicos de puta madre y ya nos veremos en el bar para tomar unas cervezas y jugar unas partidas de billar o dardos.

En casa, vomité y  me tumbé en la cama a sabiendas de que no dormiría nada (demasiada cocaína). Alargo el brazo para encender el equipo de música de la mesita de noche, y empieza a sonar el Nola de los Down...Excelente. Descubro una sonrisa en mi boca, por primera vez en mucho tiempo. Qué fácil es alcanzar todo lo que un hombre necesita en la vida.

jueves, septiembre 30, 2010

Mass-Mierda


Atado de pies y manos al asiento de la máquina de tortura, empezaba a volverme loco de la impotencia, sobre todo cuando descubrí que mi cerebro empezaba a rendirse y a asimilar de buena gana la perforación múltiple intracraneal. Mis ojos ya no son ojos, son bocas con dientes ricos en sarro, que enguyen con ansia las dosis de mierda que prepara un homosexual con gafas de pasta. La vía de entrada al centro de control de mis defensas está abierta de par en par, y mi cuerpo se rinde al ver que no hay resistencia posible ante el tsunami de “información” fecal.

En cada una de las pantallas me hablaba un tipo diferente, manipulando mi mente, borrando mis principios, violando mi ideología y arrastrándome al consumismo de heces, para así mantener llenos sus bolsillos. Pero yo se que todos ellos son uno sólo, miembros de un gigante devorador de mentes, camuflado en diferentes apariencias, para tener acceso al mayor número de víctimas. Se autoproclaman representantes del ocio y de las diversas formas de pensar, para que nos confiemos e incluso lleguemos a tenerles cariño, así ni nos daremos cuenta cuando nuestras bocas oculares estén bloqueadas en posición de abierto, preparadas para la penetración. Una penetración que lleva irremediablemente a la lobotomía.

No puedo creerlo, ha llegado mi momento, estoy preparado para integrarme a la gran masa ciudadana; junto a aquellos viejos amigos que cayeron antes que yo, haciendo gala de una preocupante ignorancia y una escalofriante deslealtad, traicionando a los suyos para poder vivir de acuerdo a la modernidad políticamente correcta, o aquella vieja amiga cuyo exilio temporal la llevó a esclavizarse a los nuevos tiempos y unirse, de manera permanente, a las filas del ejército de analfabetos tecnológicos, modernos de diseño y maricas de playa.

No hay esperanza ni futuro. Seguiremos cayendo uno a uno, preparados para desayunar, comer y cenar las boñigas asadas cocinadas con esmero por los grandes chefs de los mass-media.

viernes, septiembre 24, 2010

Viaje de placer


Tras pasar una semana de viaje organizado en Los Ángeles, se me presentó la oportunidad de recorrer la Ruta 66 en Harley hasta Chicago, por mi cuenta, a solas, por un precio muy asequible. Es cierto que los yanquis siempre me han parecido detestables, y después de mi estancia en L.A., mucho más, pero hay ciertos iconos de los U.S.A. que quiero conocer, como la Ruta 66 y Chicago, la mítica ciudad de Al Capone, los rascacielos, el metro-ferrocarril... Joder, incluso me haría ilusión pasar por el barrio de Macaulay Culkin en Sólo en Casa, vaya mierda.

Así pues, alquilé una de esas bellezas mecánicas de dos ruedas, e inicié la marcha, con el típico grito de Born To Be Wild. Paisajes incomparables, la sensación del aire en la cara mientras pasan por la cabeza escenas de tantas y tantas películas... Albuquerque, Oklahoma, St. Louis... Esas cafeterías y estaciones de servicio en mitad de la nada... En definitiva, una experiencia inolvidable. Pero por desgracia, no es lo que más me marcará en mi viaje por los United States.

Un buen día, tras salir de Springfield (Illinois), pasé por la localidad de Williamsville, donde quería visitar The Old Station of the Route66, y de paso, poder dar un tranquilo paseo por un pequeño pueblecito estadounidense. Dicho y hecho, aparqué la máquina en una solitaria y pintoresca calle, con sus típicas casitas con jardín y comencé a hacer fotos como un poseso, con la firme intención de acabar el viaje con gigas y gigas de fotos y videos, ya que más adelante debía torturar a mis amigos ilustrando los relatos de mi viaje.

Mientras inmortalizaba la calle y a sus escasos transeúntes, una agradable anciana me solicitó educadamente ayuda para llevar hasta su casa una sorprendente cantidad de bolsas de la compra. Acepté, no sólo por ser el elegante caballero que soy, sino también (sobre todo) por la oportunidad de ver desde dentro un típico hogar del estado de Illinois.

El hogar de la señora estaba cerca, pero al ritmo de la octogenaria, tardamos unos minutos en llegar, en los que le dió tiempo a contarme que se llamaba Margaret, que tenía ochenta años, que vivía con su apuesto marido Paul, de ochenta y tres, un hombre de los que ya no quedan, y que tenía cuatro hijos y seis nietos, que vivían todos en Chicago. Al cruzarnos con unas adolescentes ligeras de ropa, torció el gesto y comenzó con un rancio discurso republicano: que si se ha perdido la decencia y la moralidad en este país, que si está todo lleno de negros, hispanos y musulmanes, que se estaban destruyendo los valores que habían hecho tan grande América... Y continuó así hasta la casa, muy típica, muy yanqui, muy hogareña y acogedora. Una vez dentro, me ofreció una Budweiser y me invitó a sentarme en el cómodo sofá del salón. En ese momento, apareció por la puerta el bueno de Paul, un tipo enjuto, de pelo canoso, con aspecto de que quedaba ya poca vida en él...si no fuera por el hecho de que me apuntaba con un rifle cuyos cañones me parecían grotescamente grandes. Me levanté asustado con la intención de salir de allí rápidamente, pero Paul me ordenó que me estuviese quieto, amenazando con apretar el gatillo y reventarme los sesos. La vieja radical comenzó a atarme, y ambos me gritaban que qué coño hacía un puerco extranjero, con barbas y chupa de cuero, en su pueblecito rebosante de paz. Decían que si estaba allí, era sin duda para robar y violar, y me llevaron hacia una caseta de madera que tenían en la parte trasera.

Son dos putos viejos, armados, pero lentos y torpes. Debería haber echado huevos al asunto e intentar escapar. Mejor morir de un tiro, que lo que empiezo a vislumbrar que me espera. Me han desnudado y atado a una mesa de madera, y me han metido un trapo sucio en la boca. Se me clavan astillas en el culo y la espalda, pero me preocupa más ver a Paul sacar de su armario de herramientas un hacha oxidada, y a Margaret traer de la cocina cuchillos y otros utensilios culinarios. Empecé a desear que el viejo perdiera la paciencia y me reventase el pecho de un tiro a bocajarro, pero no parece que vaya a tener esa suerte.

La bruja decrépita se sentó junto a mí, y empezó a hacerme cortes por todo el cuerpo, para luego aliñarlos delicadamente con aceite, vinagre, sal y pimienta. Toda una ensalada de sensaciones, para descubrir que a cada segundo que pasa puedes experimentar más dolor del que creías posible. Paul se acercó a la mesa, con el hacha en la mano, y me miró fijamente a los ojos mientras me recriminaba todo el daño que los comunistas habían hecho a la humanidad. Se acercó un poco más y me susurró al oído: “Hay que eliminar el mal de raíz, a los ladrones se les cortan las manos, a los violadores se les amputa la polla. Somos cirujanos, y extirpamos tumores de nuestra sociedad.”

La vieja seguía a lo suyo, el viejo me miraba en silencio, y yo intentaba despertar de lo que sin duda tenía que ser una pesadilla. Golpe seco, el hacha clavada en la mesa, y mi mano derecha ya no formaba parte de mí. En pleno frenesí mental, recordé a aquel tipo al que llaman Dios, y le cuestioné sobre la necesidad de aquello, y le comenté que hombre, que por lo menos podía hacerme perder el sentido y ahorrarme presenciar el sangriento espectáculo con mi cuerpo de protagonista. Pero no fue hasta perder el resto del brazo derecho y la mano izquierda cuando mi cerebro no pudo más, y mientras me desvanecía, me sentía aliviado, pronto desaparecería el humillante dolor...

Desperté un par de días después en un hospital. Estaba desorientado, asustado, dolorido, manco... Al parecer, justo cuando me iban a hacer la radical operación de cambio de sexo, al viejo le dió un infarto (lo mismo hasta se puso cachondo el hijo de puta, menos mal que su corazón no aguantó unos segundos más). La vieja me apuñaló y salió corriendo en busca de ayuda, y las asistencias sanitarias encontraron a Paul junto a lo que inicialmente parecía una impactante obra de arte moderno, pero que resultó ser lo que quedaba de mí. Pensé mucho en el hospital sobre lo sucedido (no tenía otra cosa que hacer), e intenté buscar alguna moraleja de todo aquello, pero me di cuenta que era un asunto fútil. Más me vale empezar a pensar cómo coño se vive sin manos. Y más me vale intentar no cagarme (literalmente) de miedo cada vez que veo a un octogenario.

viernes, septiembre 17, 2010

Sin sentido




Si pudiese elegir, preferiría no verte. No quiero volver a soportar tu desagradable aspecto, tus actos violentos, tus traiciones ni tus depravaciones. Detesto todo lo que se refiere a tí, estéticamente hablando, y el sentido de la vista se convierte en condena cuando estoy a tu lado.

Si pudiese elegir, preferiría no tener olfato. Tu olor natural, ese inquietante hedor corporal, hace imposible detenerse a tu lado. Un aroma que penetra hasta lo más profundo del ser, colándose a través de las fosas nasales, de un modo que casi puedes masticarlo; lo que sí que se puede sin ningún problema es degustarlo, y eso me recueda...

Que si alguna vez me dejan elegir, prefiero dejar de experimentar la sensación de saborear, pues tu sabor, entre salado y rancio, sólo puede evocar imágenes de tipos obesos de traje y corbata, amantes de la coprofagia, que han quedado para tomar una copita de pis, y lleva inexorablemente al vómito, lo cual es un alivio, pues un charco de bilis y restos extraños de basura ingerida, sabe bastante mejor que tú.

Y por supuesto, prefiero ser sordo a tener que oírte. Esos graznidos que producen a todo volumen tus cuerdas vocales me destroza los tímpanos y tortura mi cerebro. Pasar el día junto a un martillo neumático que no para de picar piedras es asistir al concierto de año nuevo de la filarmónica comparado con tus peroratas malsonantes e interminables, las cuales me producen ganas de golpear tu cuerpo hasta dejarlo sin vida...

Es una lástima que, evidentemente, prefiera no mancillar mis manos con el putrefacto tacto de tu piel.


sábado, septiembre 11, 2010

Historias laborales


A veces resulta imposible no sentir remordimientos. Admiro a las gentes que aprenden a vivir sin cargos de conciencia, y más en una profesión como esta, claro está. Yo no logro ignorar el mal infringido a los demás, y numerosos fantasmas me visitan a diario, emplazándome para reunirnos en el Infierno.

No elegí "currar" en esto, fue una mezcla de mala suerte y necesidad, así que no pude menos que agradecer la oportunidad de conseguir dinero fácil haciendo encargos para uno de los peces gordos de las mafias afincadas en la costa.

Los primeros trabajos, en los que ejercí de mero chófer armado, eran todo un chollo. Pocos días al mes y cobrando mejor que cualquiera de mi generación. La única pega era tener que ir armado por "lo que pueda pasar". Pero, como en todas las empresas, hay promoción interna, con la posibilidad de ganar más dinero, adquiriendo mayores responsabilidades... Y cualquiera dice NO al capo...

Por suerte, la morosa no se encontraba esta vez en su local. De haber estado presente, habría tenido que amordazarla y asustarla mientras le destrozo el negocio. O algo peor. Así pues, me pude centrar en robar y destrozar sin preocuparme por nadie. No entiendo cómo la gente recurre a estos "créditos" mafiosos, sabiendo las historias que circulan por ahí, y créanme, esas historias tienen más de realidad que de ficción.

Nunca olvidaré mi primer encargo desagradable. Una ex-putita del jefe había estado por ahí, zorreando con unos y con otros, entre ellos un pez gordo rival. Por desgracia, en este mundo no se puede tolerar esa falta de respeto. La chica lo pagaría caro. En cuanto vi el aspecto del animal que me acompañaría empecé a sentir nervios. El jefe me dijo: "no te preocupes, sólo tienes que llevar a Igor allí, ayudarle a entrar en el piso de la puta y a reducirla, del resto se encargará él".
El tal Igor era un mostrenco que, a pesar de que yo no soy en absoluto pequeño, me sacaba como dos cabezas. Su rostro repleto de cicatrices indicaba que había visto y vivido de todo. Su veteranía dejaba bien claro que era un grandísimo hijo de puta, uno de los tipos más duros que puedas encontrar. Si no, a estas alturas estaría muerto o en la cárcel, o habría muerto en la cárcel.
Los primeros minutos en casa de la zorra fueron completamente irreales, como un sueño o una película. Patada en la puerta, golpear a la chica, arrastrarla tirando de sus pelos, tirarla en la cama, atarla, amordazarla, y mandarle recuerdos del jefe. Lo que no vi fue mucho peor. Salí de la habitación, dejando a la mujer con Igor, que llevaba toda la tarde con una radiante sonrisa que me helaba la sangre. Esperé sentado en la cocina de la puta, intentando ausentarme, pero los golpes, los gritos, las súplicas, el llanto... Además, el hijo de puta de Igor se cebó, y pasaron allí dentro como dos horas. Maldito sádico. Cuando el gigantón salió de la habitación, me miró y me dijo alegremente que le diese unos minutos para limpiar su traje de sangre, no es cuestión de llamar la atención al salir. Me pregunto cómo es posible que ningún vecino haya llamado a la policía... Seguramente los vecinos sabrán de la vida de la chica y no quieren meterse en problemas. Mientras el psicópata estaba en el aseo, me asomé al dormitorio de la puta; el mayor error de mi vida. Verla tirada en el suelo sollozando, desnuda, con cortes en la cara y en los pechos, con sangre saliendo a borbotones de su boca y su coño, con un brazo roto, en una posición imposible... Pero sobre todo, su mirada, su mirada perdida, que sin embargo parecía que me miraba fijamente, interrogándome, acusándome, ¿por qué me habéis hecho esto? La respuesta para Igor es fácil: "POR PUTA", y todo me iría mejor si yo también pensase así. Por desgracia, no soy así y esos ojos me visitan todas las noches.

sábado, septiembre 04, 2010

Acción-Reacción-Reiteración

Erase una vez un puñado de euros, que llegaron al bolsillo de uno de los honrados siervos de MultiCorp, uno de los grupos empresariales más potentes del planeta. La macro-organización no puede permitirse perder las almas de sus lacayos, y para ello no es necesario ni un buen salario ni buenas condiciones laborales. El trabajador eficiente y fiel no es el trabajador contento, sino el que no tiene elección: “si no trabajas para nosotros serás apartado de la sociedad y morirás en soledad, tras una desdichada existencia”. Y créanme, esto no es una tarea complicada para las cuatro familias de accionistas que controlan los principales grupos inversores del planeta.

MultiCorp mueve la economía mundial a su antojo, mediante la estafa inmobiliaria, el tráfico de armas, el tráfico de personas, el genocidio justificado... Por supuesto, gente tan hábil no tiene problemas para decidir cuando llegan las crisis económicas, o cual será el techo de desempleo en esta ocasión. Todo lo que sea necesario para que su estatus y su orden mundial no se vean afectados por ningún factor imprevisto. Las etapas de esplendor de occidente, y sus intervalos de regresión, tienen algo en común, y es que siempre mandan los mismos.

Ve la tele, vive con miedo, permanece insatisfecho, sufre por necesidades ficticias, cuídate de mantener los buenos hábitos establecidos, llora por los muertos de guerras patrocinadas por quien te paga. Pero, sobre todo, COMPRA. El buen ciudadano consume. Compra tecnología, compra ocio, compra belleza, compra sexo, compra descendencia, compra la salvación eterna, compra la tranquilidad de conciencia. Y todo lo que compra es mentira, valorada en un puñado de papeles, la verdadera droga, mucho más peligrosa que la cocaína que es aspirada a través de ellos.

La televisión e internet son la Biblia. Nos muestran “la palabra” y el camino a seguir. Siéntete insatisfecho con tu vida, con tu cuerpo, con tu trabajo, con tu pareja, con el sexo, con tu entorno. Sólo así cuajará el mensaje que los sacerdotes de las ondas nos hacen llegar. Compra para ser “feliz” en tu escaso tiempo libre, para sentirte guapo, para conocer a tu pareja, casarte con ella, engañarla y divorciarte, para tener una dieta “light”... Hay demasiadas empresas tecnológicas, bufetes de abogados, clínicas de belleza, adelgazamiento y desintoxicación, tiendas de ropa, bancos... Hay que mantener a flote el organigrama, que sólo hay uno para todo nuestro sistema global. Y los que están en la cúspide son siempre los mismos. Ellos son nuestros pastores, nada nos falta.

El puñado de euros que MultiCorp ingresó en la cuenta bancaria (entidad propiedad de MultiCorp) encontró rápidamente una finalidad en la mente del ciudadano decente. La Empresa recomienda a sus empleados comprar sus acciones. Un valor seguro para garantizar su futuro y el de los suyos.

Ahora, nuestro feliz empleado pierde el apetito. Acaban de mostrar en los informativos la salvaje ejecución de un puñado de niños en África. Se levanta y tira por el retrete la sopa precocinada y distribuida por la filial alimenticia de MultiCorp. No hay quien coma tras semejante barbarie. Lo que ni sabe (ni se plantea) nuestro honrado protagonista es que tampoco dormirá, si descubre que los que le vendieron la sopa y las acciones son los mismos que fabrican y venden al mejor postor las armas que decoran las calles de las ciudades del mundo con sesos humanos. Pero eso no va a ocurrir. Nuestro héroe no está aleccionado para pensar o investigar. No va a cuestionarse nada que ponga en peligro su trabajo, su casa y su condición social. Su papel es y será, como lo fue siempre, trabajar y comprar... Sobre todo, comprar.